La huella inmortal de los Sureda

Sería imposible pensar en Valldemossa, tal y como la hemos conocido, sin valorar el papel que jugó una misma estirpe. Porqué, más allá de las importantes sinergias creadas entre los círculos culturales autóctonos y foráneos, los Sureda contribuyeron a percibir este municipio mallorquín con la misma mirada con la que lo vemos hoy en día. Hicieron de Valldemossa un destino cultural de referencia en el archipiélago y, además, situaron nuestra isla en el panorama intelectual del continente.El joven abogado Juan Sureda Bimet, sexto hijo de Joan Sureda Villalonga y Celina Bimet Rouscada, se casó el 19 de octubre de 1896 con Pilar Montaner Maturana, hija de almirante y destacada pintora impresionista. La unión de estas dos personalidades y su marcado sentido de la hospitalidad permitió que, en su residencia –el Palacio del Rey Sancho– se alojasen figuras de gran renombre: Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Azorín, Rubén Darío, Joaquín Sorolla, Eugeni d’Ors, Santiago Rusiñol, Osvaldo Bazil, Jorge Guillén, John Singer Sargent... Con este último, destacado retratista norteamericano, Sureda creó el grupo “La Cofradía de la Belleza”, una iniciativa que no sólo sirvió como un primerizo engranaje turístico, sino que permitió regenerar culturalmente la Mallorca de principios del siglo XX. Según el escritor Felio Bauzà, esta peculiar agrupación de intelectuales recitaba poemas en la puesta de sol y “si el crepúsculo no se lucía, lo increpaban”.

Con los Sureda, las calles de Valldemossa se llenaron de pintores, poetas, escritores y filósofos, dejando una profunda huella en los once hijos que sobrevivieron: no en vano, algunos de ellos dedicaron su vida profesional a la creación artística, como Pere, Jacop o Pazzis.

“Los Sureda –escribe José Carlos Llop– eran divertidos, inteligentes, un punto gamberros, sensibles (…) Su mundo era un mundo autosuficiente, ajeno a las normas locales y más cercano al cosmopolitismo europeo de los años veinte y treinta que a otra cosa. Los Sureda de Valldemossa –y la comparación no es, créanme, desacertada– fueron nuestro particular grupo de Bloomsbury, reunido en una sola familia. Por su manera de vivir, por sus aficiones, por su relación con el arte y la literatura, por su amistad con otros artistas, peninsulares y extranjeros”.

Su historia familiar no estuvo exenta de episodios trágicos: cuatro muertes prematuras por tuberculosis y el traumático suicidio de Pazzis, escultora y pintora que inspiraría la novela “Bolero” (1957) de Melanie Pflaum. Todos ellos, en cierta forma, fueron una estirpe legendaria que ha dejado una importante huella en la Cartuja de Valldemossa: rincones como el espacio expositivo dedicado al movimiento ultraísta –con el protagonismo destacado de Jacob Sureda– reviven un momento de absoluto esplendor que, transcurrido más de un siglo, continúa deslumbrando a sus visitantes.

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