Los Cartujos, la Orden del Silencio

La Orden de San Bruno, también conocida como Orden de los Cartujos, tiene una naturaleza puramente contemplativa. De ahí, que el silencio se haya convertido en una característica fundamental de una vocación que destaca por su carácter austero. El punto 4.1 de los Estatutos Cartujos lo refleja de la siguiente manera:

“Nuestra ocupación principal y nuestra vocación es la de dedicarnos al silencio y a la soledad de la celda. (…) En ella con frecuencia el alma se une al Verbo de Dios, la esposa al Esposo, la tierra al cielo, lo humano a lo divino”.

Son, por tanto, cerca de mil años consagrados a la abnegación. La palabra solamente se utiliza para lo considerado estrictamente necesario como, por ejemplo, las tareas cotidianas. En su rutina, existen algunas excepciones: por ejemplo, los monjes disponen de una hora de recreo todos los domingos en los que pueden hablar durante una hora. Mientras, los lunes pueden pasear fuera del monasterio durante tres horas, salidas en las que también se permite hablar.

Defensa del silencio como forma de vida

La defensa del silencio como forma de vida, sumada a su firme voluntad de retiro, han creado en torno a los cartujos un aura de enigma que, en buena parte, queda reflejado en “El gran silencio” (2005), el documental dirigido por Philip Gröning y en el que, durante ciento sesenta minutos de metraje, sólo se oye el silencio. Según explicaría el director alemán, en 1984 pidió permiso a la Orden de los Cartujos para rodar el documental: tendría que esperar dieciséis años hasta que se lo concedieran y cinco más hasta que se completara su compleja filmación. Esta pequeña anécdota ilustra a la perfección el carácter de un grupo religioso que huye de la publicidad y que, rara vez, concede entrevistas a medios de comunicación.

Durante siglos, el silencio de los cartujos ha despertado la fascinación de creyentes, viajeros y curiosos. En un mundo de ruido y velocidad, los cartujos siguen fieles tanto a su estilo de vida como a sus principales valores. La Cartuja de Valldemossa es un fiel reflejo de esta filosofía, haciendo que, en cada uno de sus rincones, se perciba la fuerza de una vida dedicada a la fe, pero también a la soledad, la sencillez y la contemplación.

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